Hubo un tiempo en que casi todo el mundo se temía lo peor: que la asturianada, fosilizada por imitadores atentos tan sólo a repetir el estilo de los clásicos, acabaría en pieza de museo, en materia de estudiosos sin nada que cantar, en tradición muerta. Públicos envejecidos y concursos con requisitos hipertrofiados anunciaban lo peor. Desaparecidas las grandes figuras que prolongaron la edad de oro de la tonada hasta los años setenta y ochenta del pasado siglo, los buenos aficionados añoraban los esplendores de otros tiempos y sólo deslizaban palabras pesimistas ante un futuro que analizaban desde cierta desesperanza: "Esto se acabará con nosotros".

Por fortuna, la obstinada realidad fue desbaratando aquellos sombríos presagios. El nuevo siglo trajo otras generaciones cantadoras. Y mostraron la fortaleza de una tradición fuertemente engastada en la vida y sentimientos de los asturianos. Si repasamos la nómina de los premiados en la última edición del "Memorial Silvino Argüelles", auténtico termómetro de la salud de la tonada, veremos que casi todos los galardonados son menores de cincuenta años. Los jóvenes han empezado a cantar asturianadas. Y a hacerlo bien, muy bien. Algunos de ellos ocuparán, sin duda, un lugar entre los maestros con espacio destacado en los libros sobre el género y en la memoria popular.

De manera simultánea a ese fenómeno, de tan tangibles resultados, se viene produciendo otro quizás menos conocido. Hablo  de la aparición de una serie de artistas que trabajan, con talento y perseverancia, en un entendimiento de la asturianada desde posiciones sorprendentes que ayudan a ensanchar, sin embargo, lo juzgado hasta ahora como canónico. Un buen ejemplo de esa meritoria y fértil labor, que viene verificándose en circuitos alternativos a los de la tradición pero sin perderla de vista, es Antón Menchaca. La mierense Ana Belén Antón y el gijonés Pedro Menchaca acaban de publicar un disco, bajo el título que da nombre al dúo, con el que llevan la tonada hacia espacios musicales que nadie se hubiera atrevido a imaginar hace sólo unos años. Voz (la de Ana Belén Antón) y guitarra (Pedro Menchaca) construyen un bien ceñido e inesperado diálogo en el que llevan canciones de tanta raigambre y galón –dificultad también- como Onde la neblina posa, Anda y señálame un sitio, Al pasar por el puertu o Los mineros del Fondón, a territorios cercanos al jazz y otros lenguajes musicales sin aparente concomitancia con la asturianada.
 
Las excelentes cualidades vocales de Ana Belén Antón y la trabajada técnica musical de Pedro Menchaca, capaz de improvisaciones de gran expresividad, dan como resultado uno de los discos más insólitos y menos acomodaticios del año. Ahí están piezas tan emocionantes como Laves la cara. ¿La tonada vista e interpretada por dos artistas del siglo XXI? Sin duda. Hay que escucharlos para saber cómo la asturianada sobrevive en plena forma y con otras formas.

JOSE LUIS ARGÜELLES (La Nueva España, 26/10/17)

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